El ser humano nace con necesidad de un adulto para su cuidado y contención: esto es conocido como “apego”. Pero ¿qué sucede cuando esto se proyecta en nuestras relaciones adultas?
Desde hace algunos meses, vengo trabajando este tema internamente, por sus implicancias en mi día a día.
Esto porque los cambios que se dieron en mis relaciones (lazos familiares, amistades, vínculos profesionales y noviazgos) más de una vez me dejaron lastimado/frustrado: a veces, se daba si la persona no cumplía su palabra, cambiaba su grado de involucramiento en proyectos conjuntos, o bien -ya no habiendo punto de contacto en la relación- cuando debíamos continuar cada uno por su lado.
Ayer me di cuenta de que lo que extrañaba una vez que la relación cambiaba no era exactamente a la otra persona en sí, sino cómo YO me sentía cuando participaba de ese vínculo. Eso me sonó a un claro problemita con el EGO…
Para explicarlo, necesito distanciarme de este constructo social, y observarlo desde lejos, así que lo pongo en tercera persona:

El recuerdo de los momentos compartidos (la relación como era) es tan positivo para mi EGO, que él quisiera perpetuar este sentimiento, sentirse así para siempre. Entonces, EGO me proyecta permanentemente esa sensación de pérdida de algo valioso que ya no va a retornar. Y me dice al oído: “¿no ves? qué mal nos sentimos ahora. Con ella estábamos mucho mejor, ¡esto es todo por tu culpa!”.
Bueno, es un ejemplo un poco exagerado debo admitir, pero me sirve para mostrar el punto: me parece que el apego está ahí donde el EGO se aferra a una fuente externa para sentir bienestar.
El EGO busca la salida fácil, que es intentar perpetuar algo por el beneficio percibido, y no por “la magia del encuentro”. Esto no puede dar buenos resultados para nadie, ya que la configuración del vínculo pasa a funcionar como una necesidad para estar bien (A necesita de B para sentirse bien), contrario a una donde se comparte bienestar (A y B se encuentran y generan bienestar).
Esta reflexión me lleva a pensar al apego como otra forma de dependencia: necesitar “algo” (un cigarrillo, una novia, un empleador) del afuera para estar bien. El problema radica cuando el apego involucra a otros humanos, los cuales -desde esta perspectiva- pierden la posibilidad de SER y cambiar, ya que cualquier modificación al vínculo podría ser sentida por EGO como una “traición” o “deslealtad”.
Pero en este movimiento, se pierde la noción de que el potencial de sentirse bien viene desde nuestro interior. Es inherente al ser humano desde su nacimiento, y se potencia en el encuentro.
Forzar el statu quo de las relaciones del pasado estanca nuestro futuro; buscar nuevas formas de aportar nos abre un mundo de posibilidades…
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